2019/01/27

VIII Asamblea del Herbario Digital Xavier de Arizaga (HDXA)



Asistentes:
Vitoria: Antonio González, Félix Garaikooetxea, Jose Sebastián, José Ramón López Retamero, Pello Urrutia y Juan Pedro Solis.
Zarautz: Aitor Leiza y Juantxo Unzueta.
Sestao: Javier Elorza, Santi Patino y Jabier Valencia.
Iruña: Xabier Egurcegui ( organizador ) ,Mª Angeles Ibargutxi, Miguel Babace, Oscar Pérez de Andueza, Joserra Izurriaga, Manuel Becerra y su hijo, Aran.

El pasado domingo, 27 de Enero de 2019, celebramos la octava asamblea anual del HDXA.
Parece que fue ayer mismo cuando se celebró la primera en Araia y con 6 miembros del IAN. Yo no asistí a ella, pero me la han contado tantas veces que ya dudo si estuve o no.

En esta ocasión, la organización corrió a cargo de Xabier Egurcegui, residente en Pamplona. La propuesta consistía en partir de Ilundain, en el valle de Aranguren y subir hasta el castillo de Irulegui.
Nos reunimos en el pequeño pueblo de partida los participantes con algunos invitados de Pamplona y el pequeño Aran, que con pocos años ya manejaba con soltura los nombres de muchas orquídeas.

El día estaba fresco y lluvioso, pero partimos hacia un pinar cercano, adornado con esculturas de madera realizadas por los alumnos de un taller-escuela cercano.

El paseo era tranquilo pese a la llovizna, pero nuestro amigo Elorza tuvo un tropezón y se embarró, aunque afortunadamente no fue grave.

Enfilamos el cerro hacia el castillo y, bajo el viento y la nevisca, logramos alcanzar y tomar el castillo de Irulegui, sin bien la defesa del fortín fue escasa.
Paró un poco el temporal y al abrigo de las murallas, pudimos contemplar la preciosa vista de los alrededores. Nuestro amigo Félix tiro de avituallamiento y con un poco de queso, fiambre y bota de vino nos animó el regreso.

Poco a poco, bajo la lluvia, volvimos a Ilundain y enfilamos el camino hacia Pamplona donde teníamos reserva para comer en Casa Paco, en el Casco Viejo.

Después de la opípara comida, José Sebastián nos ilustró sobre las reformas en la página Web y Pello sobre los logros conseguidos este año, como los más de 7000 pliegos, el inicio de la sección Liquenoteca, coordinada por Félix Garaikoetxea y la petición para incluir el HDXA en el registro internacional de herbarios o Index Herbariorum.

A continuación, paseo por Pamplona, café y charla en el mítico Café  Iruña de la plaza del Castillo y, posteriormente, cada mochuelo a su olivo.

Día estupendo a pesar del mal tiempo y, demostración, una vez más, que no importa el clima adverso estando en buena compañía y bonitos lugares.

Agradecimiento a Xabier Egurcegui por la buena organización.

Saludos a todos los amigos y socios del IAN y del HDXA








Juan Pedro Solís

2019/01/18

Las limícolas: amigos y aves en las marismas de Santoña, Victoria y Joyel, en Cantabria



“La riqueza es la habilidad para experimentar totalmente la vida”


Henry David Thoreau


Un año más, el fin de semana de enero en las marismas de Santoña, Victoria y Joyel, en Cantabria, organizado por Brian y Rocío, hizo nuestras delicias. Y experimentamos totalmente la vida.

La convocatoria de este invierno fue, además,  una gran sorpresa,  ya que el enero pasado nos despedimos mentalmente de poder volver  porque el hostal de Argoños, tan bien situado y tan entrañable,  iba  a cerrar por jubilación y Brian pensaba que iba a ser la última vez,  ya que lo habíamos hecho tantas… así que nos pusimos muy contentos al enterarnos de que volvíamos y que el hostal de Argoños iba a abrir sólo para recibirnos esas dos noches y así  poder pasar tres días in situ.


Salimos el viernes por la tarde en dos coches Brian, Alfonso, Rocío, Maite e Iñaki, que era su primera vez, Teresa, Luis, y yo. Llegamos al anochecer y nos instalamos en Argoños rápidamente para salir a cenar a nuestros sitio habitual en Santoña,  “Los marinos”, un bar-restaurante que no nos falla nunca. Tampoco en esta ocasión.

El sábado nos levantamos con la primera luz y nos fuimos a desayunar al  bar de las conserveras. Allí nos reunimos con Juanra, de Murguía, con el que habíamos quedado previamente, ya que estaba pasando el fin de semana en Ajo, allí cerca, y nos dirigimos al observatorio de la Arenilla, donde el amanecer rosado y dramático fue precioso.  Seguimos completando nuestra vida social,  porque esperábamos a Juanma, que también llegó con su telescopio. Ya teníamos al grupo reunido y el placer de compartir nuestros lugares y nuestras rutinas limícolas con Maite e Iñigo, que estrenaban además un estupendo telescopio. Brian se había estudiado, como siempre, las mareas y allí estábamos en el mejor momento observando ya hipnotizados,  a la siempre bella Garceta común.  El observatorio de la Arenilla es como nuestra segunda casa en estas escapadas y en cuestión de segundos vinieron todos a saludarnos todos los habituales de la zona por esas fechas: la  garcilla bueyera,  los archibebes claros y comunes, los  zarapitos reales y los trinadores.  ¡Qué algarabía, qué alegría!



Corríamos de un telescopio a otro, y con los prismáticos alzados y enfocando, porque había mucho que ver y  que saludar.  ¡Qué disgusto si nos llegan a estar! Se paseaban por allí el andarríos chico y la aguja colipinta, el ostrero euroasiático y la espátula.  Un busardo ratonero lo observaba todo posado cerca e igual que nosotros miraba al colimbo grande, al zampullín cuellinegro y a los silbones.

Pasamos allí mucho tiempo disfrutando del espectáculo, haciendo fotos, observando con los prismáticos y los telescopios y aprendiendo unos de otros.

Luego nos fuimos al pólstar de Escalante, otro lugar imprescindible, donde divisamos Gaviones, cormoranes grandes, avefrías, cigüeñas, correlimos, ansares comunes, chorlitejos y ostreros. El aguilucho lagunero también nos acompañó en la observación.  Pasamos un buen rato en un roquedo para observar con los telescopios al halcón peregrino, que reside allí. No éramos los únicos y se formó un buen ambiente.

Además Brian nos reservaba otra sorpresa social,  ya que esperábamos a Eva, un amiga de Antonio González, residente en Cantabria, de cerca de Liendres, en la ría del Pas, que iba a pasar a saludarnos y estar con nosotros algún rato durante el fin de semana.  Era como una burbuja de champán y se conocía bien la zona y las aves. Con ella fuimos a nuestra siguiente parada en Montehano en las traseras del convento, un lugar siempre espectacular donde nos entretuvimos observando  zampullines comunes y tuvimos la ocasión de ver una espátula y una garceta común,  muy juntas,  y  apreciar que siendo ambas aves grandes y blancas, el blanco nuclear de la garceta contrastaba con el blanco sucio de la espátula, amarronado.


Aún pudimos hacer una escapada a la marismas  de Bengoa antes de pensar en comer. Allí vimos una rareza de América del sur, el porrón bola, una hembra. También había porrón moñudo y cormorán moñudo, ánade friso y rabudo,  pato cuchara, y fuera del agua, el verderón y unas preciosas tarabillas que fotografiamos.


Como empezaba a lloviznar,  nos  fuimos a comer al porche acristalado de nuestro hostal en Argoños, donde estuvimos de maravilla. Tuvimos mucha suerte con el tiempo ya que daban lluvias y chubascos, pero siempre nos pillaban a cubierto.

Por la tarde nos fuimos al Puerto de Santoña donde había barnaclas carinegras, un alca entre las olas, y gaviotas patiamarillas, reidoras y cabecinegras.

Terminamos la jornada en Cicero, en su gran mirador, paraíso de pajareros, viendo volar a grandes grupos de chorlitos grises. Cantaba el cetis ruiseñor.

Con la última luz regresamos a nuestro hostal en Argoños a descansar un rato y ponernos a punto para ir a cenar al mismo sitio en Santoña, donde con un hambre de lobos, cenamos y comentamos las cosas del día, y nos los comimos todo.

El domingo volvimos a madrugar  y nos despedimos del  Hostal, que está definitivamente cerrado y nos lo abrieron para nosotros este enero,  donde escuché una conversación entre Brian y la señora del lugar, muy prometedora. Ella se despidió diciéndole a Brian: -“Entonces, hasta el año que viene; les esperamos”. Y Brian;-“Cuente con nosotros”. Sonaba muy bien y sorprendente pero ya todo es posible.

Y a Santoña nos fuimos a desayunar, a un bar nuevo para nosotros, que  abre los domingos, enfrente de nuestro restaurante de la cena e igual de tradicional y antiguo. La idea era pasar la mañana en la zona de Noja, en las marisma de Joyel y de Victoria, y paramos a la salida de Santoña en una laguna donde había una focha albina, con leucismo. Allí se puso a llover a mares, pero solo un ratito, Así que enfilamos hacia Joyel, donde aparcamos y nos dirigimos andando al molino de mareas de Santa Olaja,  donde siempre es posible observar  juntos al archibebe común, con su espectaculares patas rojas,  y al archibebe claro, con sus patas verdes. A lo largo de los años Brian nos ha enseñado a distinguirlos especialmente en este lugar y es un placer llegar y buscarlos.  Esta vez había menos, pero allí estaban.

De pronto, apareció también la pareja de cisnes majestuosos que yo ya estaba echando en falta.

Llegó la hora de ir a tomar un café a Noja, allí al lado, y acercarnos a la marisma de Victoria con su observatorio desde el que también se divisa la preciosa y desierta playa de Trengandín. Nos acompañó el sol y decidimos luego volver a Santoña y visitar de nuevo el pólster de Escalante donde había unos alcaravanes. Allí nos volvimos a encontrar con Eva, que estaba con su jefe, con el que conversamos ya que es un guía de naturaleza con una empresa privada propia. Eva nos acompañó con su alegría al observatorio de la Arenilla, un buen sitio para comer, y eso hicimos mientras caía un granizada inesperada. Pudimos ver al cormorán grande, al eider común y al zarapito trinador, mientras Eva llevaba a  Iñaki fuera del refugio a ver el lugar exacto de un posadero que han puesto para el aguilucho y las rapaces, allí cerca, pero que no se veía bien desde el observatorio, para que aprendiésemos el lugar, con tal mala suerte que les cayó la granizada encima,  y reaparecieron riéndose y mojados como dos pollos mojados.

Antes de empezar a volver a casa, siempre todo un ritual, nos fuimos de nuevo a Cicero, con una luz preciosa y el espectáculo de los chorlitos y otras aves que se les incorporaban a los grandes grupos, volando alrededor y cogiendo la luz del sol en sus alas, dando vueltas. También vimos a un pajarito muy simpático, el buitrón. Fue otro gran día.

 Volvimos a casa con los ojos llenos de plumas y alas, de luces y sonidos de marisma, contentos y  celebrando otro enero en esas lides de las que nunca nos cansamos porque no hay otras iguales ni parecidas y además porque tenemos un año entero para descansar y recordar lo vivido, empezando ya desde ahora a soñar con volver.









Texto: Carolina Larrosa
Fotos: Alfonso López de Armentia y Carolina Larrosa

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