2018/06/08

3. Salida del Herbario Digital: Por las Loras de Burgos, en Peña Amaya


8-10 junio de 2018

"Oh, campo, esta hermosura no tiene página ni espejo y sólo, a veces, se deja seducir por el temblor de la palabra, por la inspiración de la poesía. Pero ¿recogerte, encerrarte? ¿Quién pone puertas al campo?"
Muñoz Rojas

Hacía tiempo, años, que los del Herbario digital deseábamos ir a Peña Amaya, al noroeste de Burgos,  muy cerca del río Pisuerga y de la provincia de Palencia. Por esta mítica Peña de 1.370 metros, han pasado todas las civilizaciones desde la prehistoria. Así que cuando  llegamos a la localidad de Amaya, a sus pies, donde habíamos alquilado una preciosa casa rural para el fin de semana botánico, y contemplamos la Peña, a la luz del atardecer de un viernes de junio, la emoción fue grande. Allí estábamos a mil metros de altura, seis de nosotros, felices y dispuestos a sumergirnos en su belleza y misterio.
Lora de Peña Amaya

Habíamos llegado el viernes a última hora y llevábamos entre nosotros a un intendente y  cocinero que nos preparó un deliciosa cena tras dar un paseo por el pueblo: Juan Pedro lo había dispuesto todo con su habitual diligencia. Teníamos también jardín  y mucho espacio y luz.  Al abrir las ventanas que daban a la Lora de Peña Amaya,  anochecido, escuchamos al sapo partero ya que el ambiente era húmedo, y nos preguntábamos con su  evocador canto, como sería la ascensión a tan impotente macizo calcáreo, que allí llaman Lora, al día siguiente. El cartel indicando la subida a la Peña lo teníamos al lado.  Era cuestión de horas y de dormir bien. Esperábamos además de muchas plantas parameras encontrar dos rarezas presentes en la zona, una en Peña Amaya  y otra en la contigua Peña de Albacastro.


Al asomarnos el sábado por la mañana a la ventana, ya no cantaba el sapo partero, había estado lloviendo por la noche y corría el agua por la calle en cuesta como un arroyo salvaje y el panorama se presentaba incierto. Desayunamos opíparamente, y con toda la impedimenta y mucha ilusión seguimos la flecha hacia las alturas, mientras dejábamos el pueblo y su iglesia cada vez más lejanos y también más hermosos, enclavados en los prados verdes de esta exuberante primavera,  en medio de la soledad y quietud a la que habíamos accedido por olvidadas carreteras secundarias. La Lora de Peña Amaya tenía aún algo de niebla en su cresterío y estaba  imponente. No tuvo que pasar mucho tiempo, pues el campo florido, como sólo puede estarlo en junio en estas altitudes, invitó a los fotógrafos Pello, Antonio y Alfonso a que se pusieran a trabajar, en una larga tarea que se prolongó hasta el atardecer. 

Ese día fue muy productivo por la cantidad de plantas fotografiadas para el herbario en una sola jornada. 

Nos acompañaban los buitres y las chovas, y la soledad inmensa y liberadora del cielo, a veces nublado y a veces con sol, mientras ascendíamos sin lluvia y con grandes retos botánicos por la cantidad de especies y colorido.


En ese primer tramo más bajo encontramos Scandix australis, Sideritis montana,  Senecio minutus, Dianthus  pungens ssp. brachyanthus  (preciosas clavelinas) y Silene conica. Pero también brillaban por allí las margaritas y entre ellas una grácil amapola, que resultó ser Papaver argemone. Aquella preciosidad enseguida fue también incorporada a las fotos del Herbario digital.

 Silene conica


Papaver argemone



El Castillo

Continúo la ascensión hasta un lugar llamado El Castillo, donde Ranunculus ollisiponensis y Cardus nigrecens ssp. assoi, en su esplendor se juntaron a Paronychia kapela y Silene boryi  

Silene boryi 

para reclamar nuestra atención.  El paisaje era de los que dejan sin aliento. Una a veces no sabía donde mirar en ciertos instantes, si a la lejanía o al esplendor de los cardos, tal era la intensidad de la experiencia que se nos ofrecía en cada recodo. Pero íbamos tranquilos y disfrutando y a nuestro ritmo, y daba tiempo y ocasión para todo. A esas alturas de la mañana el tiempo había desaparecido junto al reloj. Simplemente estábamos allí y con mucho que hacer.


 Restos arqueológicos

Pasito a paso y sin gran dificultad llegamos a una gran explanada con restos arqueológicos de un castro, seguramente prerromano, y allí se encontraba un guarda para indicar a los paseantes como afrontar la parte más alta de la Peña sin gran peligro. Nos hizo señas. Desde allí se divisaba ya la Lora que pensábamos visitar al día siguiente y el estrecho valle a los pies de la nuestra, la de Peña Amaya;  son alargadas formaciones rocosas, características de esta zona de Burgos.



Nada más despedirnos del guarda y tirar para arriba divisamos un gran rebaño de ovejas que se movía como un ola y como una nube, fundido con la tierra, discreto, integrado en el paisaje, y a su vera, el pastor. Era una estampa eterna que se habrá repetido desde casi el origen de la historia humana. Hipnotizaba. Pero como las olas y las nubes, de pronto, ya no estaba allí y había desaparecido rápidamente de nuestro campo visual.

Euphorbia pyrenaica

Ascendimos el último tramo entre grandes roquedos de perfiles sobrecogedores donde hallamos Euphorbia pyrenaica.

Al llegar a lo alto de Peña Amaya, una gran extensión nos tuvo entretenidos mucho tiempo en un paisaje amable e inmenso de pastos parameros y montanos.  


Enseguida encontramos al pastor en un pequeño refugio con su perra Moris y otros cuatro perros. Se llamaba Jose Luis y tenía a su cargo 600 ovejas. 


Scorzonera hispanica 

 Paeonia officinalis ssp. microcarpa


Tras fotografiar el Ornithogalum bourgeanum, también conocido como leche de gallina, y la Scorzonera hispanica nos dispusimos a comer en una especie de jardín privado, acotado por rocas, lleno de Paeonia officinalis ssp. microcarpa.  Habíamos llegado ya a lo más alto y allí dimos cuenta del Rhamnus pumila y Astragalus depressus hicieron trabajar más a los fotógrafos, que se mostraron toda la jornada incansables

 Arum cilindraceum

Astragalus incanus ssp. nummularioides

Aethionema thomasianum

No estuvimos allí mucho tiempo porque el entorno de la Lora de Peña Amaya nos atraía mucho y la recorrimos toda entera tanto por el borde como por el centro, atrapados como peonzas en su encanto. Estábamos descendiendo levemente en altura y aparecieron el auténtico Arum cilindraceum primero, y luego una de las rarezas:  Aethionema thomasianum. Sisymbrium austriacum ssp. contortum y Linaria próxima fueron los próximos objetivos. Entre bromas y numerosas paradas para admirar los cambiantes paisajes, fueron cayendo en la cesta virtual del Herbario Senecio lagascanus y Centaurea lagascana, Astragalus incanus ssp. nummularioides y Ophrys santonica

Al atardecer los fotógrafos estaban ya colmados de experiencias y los demás, ídem, porque habíamos estado todo el día andando y trabajando, casi sin darnos cuenta, y el tramo final  pesaba en el descenso; nos habíamos alejado al extremo opuesto de Peña Amaya dentro de esa Lora y todavía quedaba aún buena distancia. Cojeábamos un poco en las últimas cuestas mientras avistábamos el pueblo de Amaya al que accedimos desde el extremo opuesto de la Lora y soñando ya con nuestra casa amarilla y sus comodidades.

En el último tramo del descenso, Alfonso encontró setas de cardo, una exquisitez de la zona, que luego nos preparó para cenar como un extra al buen hacer de Juan Pedro, y nos sentimos como los recolectores primitivos de esos lugares tras volver con el condumio en el zurrón. El sapo partero nos lo confirmó todo, todito, todo. No había sido un sueño.

Rebolledo de La Torre
Ermita de nuestra Señora de Villoba

A la mañana siguiente, perezosos y hogareños, con un tiempo que amenazaba lluvia fuerte más adelante pero que se mantenía de momento, nos dirigimos en coche hasta Rebolledo de La Torre, a una Lora paralela a la nuestra que ya habíamos avistado desde las alturas la jornada precedente, directos al Monte Albacastro en busca del escaso Astragalus vesicarius , (una rareza que por allí abundaba, según las informaciones muy documentadas de Pello. Primero nos encomendamos a Nuestra Señora de Villoba en la ermita del pueblo así que al poco tiempo y tras una florida ascensión, el ojo clínico de Pello detectó el ansiado Astragalus vesicarius, y tras dar unas buenas  vueltas por la zona fotografiándolo en su ambiente, ya muy relajados y satisfechos con los resultados, dimos cuenta de Arenaria erinacea e Iberis carnosa y nos concedimos precavidos, ir a visitar la iglesia románica de Rebolledo del Torre, con un precioso pórtico románico que logramos alcanzar justo cuando comenzaba a llover fuerte. Allí nos fotografiamos con el mismo entusiasmo que si fuésemos plantas florecidas de junio, con la salvedad de que los fotógrafos no tuvieron que andar tirados por el suelo y posaron erguidos como los Asfódelos. Toda una novedad.

 Astragalus vesicarius


Alfonso ya  había encontrado en las lomas del monte Albacastro una delicada variedad de champiñón de láminas rojizas, que apareció en nuestra mesa junto a otras viandas bien dispuestas por nuestros dos excelentes cocineros. Tras el ágape de despedida y de sagrado domingo, alegre y reconfortante, además de inesperado y fraternal, tuvimos que coger las de Villadiego para llegar a casa pensando en Peña Amaya, las Loras y esos paraísos naturales a los que desde entonces pertenecemos como devotos. Y es que la vida no se mide por las veces que respiras sino por los momentos que te dejan sin aliento.

Texto: Carolina Larrosa
Fotos: Pello Urrutia, Alfonso López de Armentia  y Carolina Larrosa

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