2018/04/15

1.Salida de Herbario Digital: Sierras de Entzia-Urbasa.


“Con la vista llena de narcisos”

“Ofrecer la buena miel a la buena boca, en el buen momento y en el buen lugar”   Dalí

El tercer domingo de abril, día 15, el Herbario digital se desplazó a la sierra de Entzia- Urbasa con una misión muy grata y propia de la estación: los narcisos.  Queríamos encontrar en el monte Azkueta el N. varduliensis , en su localidad clásica, donde fue descrito en su día por Pedro Uribe-Extebarria y Javier Fernández Casas, que lo llamaron “de los Várdulos” (varduliensis, en latín) por la tribu vasca que allí se estableció con ese nombre en la zona de Opakua.

En el puerto de Opakua, en su praderas calizas, y ese día llenas de agua y de regatos por el deshielo reciente,  había una paz y un silencio sobrecogedores, como de catedral al aire libre, animados, eso sí, por los cantos,  nada gregorianos de los pájaros más madrugadores. Hicimos una primera parada en los dominios de los pequeños narcisos de montaña.  Allí nos bajamos del coche, todos ojos y placer de respirar ese aire tan puro, tres compañeros narcisólogos,  a los que no había visto en una larga temporada, y yo; enseguida, cayendo de rodillas entre los ejemplares de pequeños narcisos de tres especies diferentes, me pusieron al día de lo que allí había y de las nuevas denominaciones que les correspondían: N. minor  ssp. exiguus , N. bulbocodium ssp. citrinus (o N. turgidus) y el híbrido de ambos N. x alejandreii (dedicado a nuestro ilustre amigo Juan Alejandre) .


Sacaron fotos y disfrutamos del paisaje y del hermoso día que comenzaba muy bien. El praderío a lo lejos brillaba con  miles de narcisos.




El riguroso estudio que en forma de artículo científico  que acaban de publicar en la revista de Valencia Flora Montibérica nº 70, del que nos pudo entregar un ejemplar ese mismo día, recién llegado,  explica con detalle la taxonomía del grupo de los pequeños narcisos denominados grupo asturiensis-minor.  Y así los vamos a denominar desde ahora con toda naturalidad.

La siguiente parada en los hayedos de Entzia fue para ascender al monte Azkueta, de 1.075 metros de altura, donde esperábamos encontrar el N. varduliensis en los prados calizos bajo las rocas de la parte más alta. Mientras, disfrutábamos mucho de la sobriedad del hayedo, sin hojas, lleno de luz tamizada y con las flores que le son propias de la primavera. A 1004 metros de altura fotografiamos Corydalis cava, con sus flores rosas recién salidas,  mientras caminábamos entre masas de Helleborus viridis, dientes de perro nuevecitos de este año, la preciosa Arabis alpina, una crucífera blanca, y nos acercábamos a las Scilla lilio-hyacinthus, muchas en flor y con verdes hojas lujuriosas. Allí, a su lado, en esos pastos montanos calizos estaba el buscado N varduliensis, abundante, donde fue descrito. Un momento siempre emocionante, y más si se está junto a Pello Urrutia, Antonio González y Juan Pedro Solís. La mitad de nuestros objetivos, ya realizados, gracias a que los GPS no mienten, fuimos derechos al lugar donde habían sido citados, un enclave onírico y mágico, repleto de paz, silencio y belleza.





La otra mitad nos llevó hacia las campas de Legaire, desde donde caminamos unos cuatro kilómetros a la cercana Navarra para ascender el monte Legumbe, situado en Urbasa, justo en la muga con Álava, sede de un híbrido del N. varduliensis con el N. minor ssp. exiguus.  Fue una buena caminata y hasta nos encontramos con una amigo botánico de Pello, Goyo Morante,  y su gente, al que pudo regalar un ejemplar de la citada revista. Nunca se sabe donde va a estar el lector agradecido, en este caso en los hayedos silenciosos. Fueron las únicas personas con las que hablamos ese día, mientras íbamos disfrutando de las hepáticas azules, blancas y rosas, de las primeras prímulas del hayedo, escasas, de las hojas del Ranunculus nemorosus, que hay que fotografiar cuando florezca, pero aún no toca, de las violetas y las anémonas nemorosas. Cuando llegamos a la altura adecuada, en los pastos montanos calizos, allí estaban el N. varduliensis y el N. minor ssp. exiguus y su híbrido N. x mikelii-lordae, en medio de ambos. Eso sí, una alambrada que separa Álava de Navarra nos hizo tener que fotografiar a ambos lados de ella, como si esos centímetros de diferencia afectaran en algo a su naturaleza. La verdadera vida no entiende las  cosas de la burocracia y lo oficial e hicieron trabajar doble a los fotógrafos, a quienes no parece que les afectara mucho ya que se les veía muy activos y contentos. Misión cumplida, sin duda.  Yo tuve sueños varduliensis mientras trabajaban tanto ya que me eché una siesta, un ratito, un cerrar los ojos cansados entre esos hermosos ejemplares, un lujo de abril, el lugar y la ocasión. Había rocas tapizadas de musgo y alrededor, una plataforma, una cama, con los bordes llenos de N. varduliensis. Las hayas cubrían el lugar a modo de dosel.  Por lo visto yo estaba en Navarra y el revuelo de voces  y movimientos de mis compañeros, me llegaba, como música celestial, desde Álava. La distancia justa.





Al atardecer y con unas gotas de lluvia acuciándonos a volver, regresamos al coche y paramos en Maestu a tomar algo y reponer fuerzas sin dejar de soñar con los hayedos de las sierras de Entzia y de Urbasa y con la cámara y el herbario llenos de narcisos, y los ojos,  los de todos,  atesorando destellos de amarillo limón y oro puro combinando con el verde hoja recién salida y sin estropear de los narcisos de abril.

Texto: Carolina Larrosa

Fotos: Pello Urrutia y Carolina Larrosa

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