2018/02/04

El sonido de las marismas en Santoña


El último fin de semana de enero, capitaneados por Brian,  un grupo de cinco personas interesadas en la cita  ornitológica anual al parque natural de las marismas de Santoña, Victoria y Joyel partimos el viernes por la tarde del IAN en la furgoneta de Alfonso bajo una lluvia incesante provistos de prismáticos,  telescopios, cámaras, trípodes y todo lo necesario para observar el gran contingente de aves que allí invernan ligadas a los medios acuáticos.

Marisma de Joyel

Nos alojamos dos noches en Argoños en un hostal muy bien situado que ya nos lleva acogiendo varios eneros. Tras instalamos, fuimos a Santoña a cenar en un bar de marineros que nos gusta mucho y donde celebramos nuestras dos últimas cenas.


Por la mañana salimos temprano aún a oscuras para desayunar en Santoña  y disfrutar de la pleamar, que ese día era muy temprano.  Por el camino íbamos observando el amanecer sobre los canales y las marismas. Nos dirigimos al Pólder de Escalante, unos terrenos ganados al mar, donde con las primeras luces vimos volar a bandadas de Garcillas bueyeras, que salían en formación de sus dormideros, en breves intervalos, y que nos tuvieron hipnotizados un buen rato.

Montehano y la marisma de Santoña

Mientras esperábamos allí a otros tres compañeros que se iban a unir a nosotros para el fin de semana íbamos observando todo lo que se movía en el cielo, en la tierra y en el agua como unas Espátulas en vuelo, un Águila pescadora, Gaviotas reidoras con su plumaje invernal, además de otras sombrías y patiamarillas. Por los fangos se paseaba con parsimonia la Garceta común. Y el Zampullín cuellinegro nadaba y se zambullía en el agua. Todo en orden. Ya  estábamos juntos los 8 integrantes del grupo dispuestos a seguir explorando los distintos lugares para ver observar aves invernantes. Así que nos dirigimos al cercano Monasterio de Montehano. Allí en su muro tapizado de musgo hay una fuente pequeña recubierta de prímulas y violetas, siempre en flor en enero. En sus traseras  se paseaban la Garza real,  las Agujas colinegras y el Zarapito trinador. La Espátula y la Garceta común  andaban juntas buscando comida sin realmente hacerse caso.  Flotaba un intenso olor a flores silvestres, a miel. Seguramente el viento nos traía el perfume de algunas mimosas,  que no veíamos  aún.







Prímulas en Montehano >>>
Cormorán moñudo

De allí partimos a Cicero donde escuchamos el reclamo del Chorlito gris. Pudimos observar el poco cuello que tienen los Chorlitos y por lo visto de ahí viene el dicho de tener cabeza de Chorlito. Abundaban  también los Correlimos y en el cielo pudimos contar unos 40 Chorlitos grises en vuelo. El raro Zarapito de Hudson, americano, también se dejó ver. Seguramente se había perdido.  En el agua, patos Tarro blanco y Gaviotas sombrías.  El Archibebe común y el claro  revolvían los limos buscando alimento. Nos sobrevolaban las reidoras y bandadas de Silbones europeos. El sonido de la marisma era allí envolvente.

Ese sábado tuvimos mucha suerte con los cielos de nubes monumentales que nos protegían y atrajeron a muchas aves  a la costa. A mediodía nos dirigimos al puerto de Santoña a tomar café y observar entre los barcos y en los muelles. Allí estaban el Cormorán moñudo y un Alca. Nos sacamos la foto de grupo delante de unas redes entre barcos y nos fuimos al pueblo de Escalante a un merendero a comer lo que llevábamos al aire libre.

Cormorán moñudo en el agua.

Por la tarde, nos acercamos a la cercana marisma de Bengoa donde siempre es un placer pasear y descubrir  lo mucho que esconde.  Avistamos  la Gaviota cabecinegra, una colonia de Espátulas echando la siesta junto a unos patos Rabudos. Cormoranes y Garcillas bueyeras campaban a su anchas y, muy cerca, descubrimos el dormidero de estas últimas. 
Espátula

El atardecer en Bengoa, donde no hacía frio,  invitaba a pasear y poner los telescopios, charlar en torno  a ellos,  sacar fotos y explorar las aguas y los cielos, los limos y sus rincones habitados, y al final del paseo, los patos silbones, en grandes cantidades, ya que las condiciones eran ideales para ellos ese día.  La tarde del domingo regresamos pero con un clima mucho más soleado y frío y ya no estaban. Pero aquel atardecer del sábado silbaban los Silbones y vimos una Agachadiza, el Colimbo grande y el Charrán patinegro, el Archibebe común y hasta un Morito.  Nos fuimos muy satisfechos con la última luz y una estampa parecida a la que nos deparó el comienzo del día: bandadas de Garcillas bueyeras regresaban al dormidero de la marisma de Bengoa. Así cerramos la jornada inolvidable, con ellas, igual que la empezamos, y nos fuimos a cenar a nuestro bar habitual, muy contentos con lo que nos había deparado el día.
Zampullín cuellinegro

El domingo salimos de Argoños en dirección a  Noja para visitar las marismas de Victoria y Joyel. No había nubes y el sol  brillaba desde por la mañana temprano. Brian nos enseñó en el mismo municipio de Argoños algo nuevo: el molino de Jado en un lugar precioso de la marisma, con sus colores  increíbles, el agua plateada y las montañas majestuosas de telón de fondo; aquel rincón como soñado albergaba también un pequeño embarcadero muy pintoresco.

Molino de Jado en Argoños

Por la marisma de Joyel volaba el avión roquero y caminamos hasta el molino de las mareas de santa Olaja, un lugar que nos encanta con lluvia. Allí estaban los dos Cisnes habituales pero faltaban las gotas de lluvia que atraen a tantas limícolas. Los dos Archibebes, el común y el claro, y la Garceta común son habituales así como una colonia de Gaviota reidora; entre los patos,  los Frisos y el Porrón europeo. Incluso vimos volar a una mariposa Pavo real.

Culminamos la mañana en la cercana Noja,  tomando café en una terraza al sol y visitando la Marisma de Victoria junto a la playa de Trengandín. El frío viento nos disuadió de comer en ese lugar junto al mar y regresamos a Santoña para hacerlo en el observatorio de Arenillas donde pudimos además ver un Eider,  Cornejas, y un Vuelvepiedras.

Tras un relajado paseo el puerto de Santoña también pudimos añadir a la lista el escaso Gavión atlántico, y terminamos la jornada de nuevo en la marisma de Bengoa comentando la elegancia del Rabudo y la presencia del Pato cuchara. Cuando las Garcillas bueyeras empezaron a regresar a su dormidero, supimos que también nosotros teníamos que regresar al nuestro, así que con los ojos llenos de plumas y los oídos,  de la música de la marisma,  partimos hacia casa casi volando. Yo me sonreía sola por el camino de regreso recordando una última imagen en un rincón tranquilo de la marisma de Bengoa:  la elegancia de la Garceta común, su blancura, ese pico y patas negros brillantes y la delicia de verle esos pies verdes que saca de vez en cuando del agua y  que no se olvidan.

Texto: Carolina Larrosa

Fotos: Brian Webster y Alfonso López de Armentia

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