2016/05/28

El desconocido Valle de Lana, en la sierra de Lokiz, Navarra

Comenzó la temporada de salidas oficiales del grupo de botánica dedicado a nutrir el Herbario digital Xabier de Arizaga el último domingo de mayo con una salida fascinante al monte Arnaba, ascendiendo desde Narcué, uno de los  cinco pueblecitos sembrados en este valle secreto, recoleto y ahora tapizado de verde y de flores, el valle de Lana, en Lokiz, muy cerca de la frontera con Álava. Se le conoce también por allí como valle de los rusos porque se llenaba de nieve en invierno y se quedaba totalmente incomunicado, como si fuese Siberia…

Tuvimos la suerte de que un socio del IAN con casa en Narcué se había ofrecido a hacernos de guía en la ascensión al monte Arnaba y nos condujo alegremente por el mejor camino del bosque hasta los altos del circo rocoso y calizo donde pasaríamos el día recorriéndolo y explorando. El, claro, no sabía lo que le esperaba. Un valiente guipuzcoano que también disfrutó mucho con la floración espectacular del praderío y el roquedo en mayo.




Era muy temprano y el día estaba aún fresco y soleado.  Nada más arrancar la ascensión desde Narcué surgió la perla de los descubrimientos botánicos del día:  apareció una planta parásita del enebro, la Arceuthobium oxycedri, a 782 metros de altura, algo inesperado que hizo exclamar mucho a Pello y a su descubridor, Antonio, con su ojo de halcón, que no se le escapa una. No estaba en flor, es pequeña y además, verde sobre verde. Ninguno de los demás la hubiéramos mirado dos veces—adjunto foto---  Pues bien,  hay que regresar cuando esté en flor; pequeña pero matona. Desde ahora vamos a mirar los Juniperus oxycedrus con otros ojos, mucho más atentos.

El monte Arnaba resultó ser un quejigal con boj  que en las alturas se convirtió en un hayedo con boj. La gran panorámica sobre el valle de Lana, con la sierra de Cantabria al fondo y su León dormido, también nos permitía observar todos los pueblecitos del valle y el carrascal con boj que habíamos dejado atrás al salir de Narcué. Pello se prometía visitarlo por la tarde pero los altos de nuestro impresionante roquedo calizo dieron para ocho horas de recorrido,  y con vistas en su cima hacia el otro lado del monte: el valle de Larraona.


El camino y las rocas de las alturas estaban tapizados con las flores de sus plantas. Los azules y morados ganaban por goleada, pero nos retratamos al lado del guillomo en flor, que junto con el espino albar cubren los lugares de blanco níveo. No os quiero dar más envidia porque en realidad el trabajo del botánico es arduo y no consiste en quedarse mirando esas flores y plantas embobados mucho tiempo, que ya las tenemos introducidas y bien documentadas en el Herbario, sino otras menos fáciles y por cuyo descubrimiento nos habíamos subido hasta allí y pasamos la tarde andando sobre graveras empinadas por las que al final del día hubo que bajar resbalando, algo agotador.

En los momentos de más peligro y mayor tensión nerviosa por el cansancio, algún botánico me decía: Carolina, mira, mira el serbal en flor, allí, detrás de aquellos árboles, como si una pudiese despegar la mirada del suelo, siempre a punto de desamorrarme en esos trances. Al final me tuvo que ayudar una familia de montañeros que pasaban por allí y que me adoptaron.  Gracias a Antonio que apareció a buscarme, ascendiendo de nuevo por la agotadora cuesta de la gravera,  y llevarme donde los demás, que son como cabras, ágiles y flexibles, siempre jóvenes cuando se trata de tirarse por sitios donde el  mismísimo alimoche nos miraba, curioso, cerca , cerca. Era un pollo de cuidado.



Fue inolvidable, en verdad, y como ya dije antes, hay que volver a intentar cazar en flor a la parásita aquella. Además en la gravera, hábitat muy duro para cualquiera, Pello descubrió otra planta interesante pero no pudimos fotografiarla porque en ese momento estalló la tormenta que habían anunciado para horas antes y que tuvo la decencia de esperar hasta muy tarde y refrescarnos aquel sudor de la ardua bajada.

Llegamos a casa doce horas después de haber salido, con dolor  de rodillas y de pies, felices y con los ojos llenos de flores montanas de mayo, directos a la cama, seguro, aunque a Pello le dio tiempo y ganas, no sé como lo hace, en verdad, de mandarme esa misma noche  la lista con las plantas nuevas del día, fotografiadas para el Herbario, ordenadas por alturas y hábitats. Las adjunto al final y os aseguro que  las recuerdo como si fuesen primas nuestras de un pueblo lejano, a quien no ves todos los años por ello, ya que cada planta logró hacer corrillo a su alrededor y nos hincó de rodillas con las narices metidas en el prado, en las rocas, en el cáliz con insecto, y ese fue nuestro descanso. Y es que, como decía Ernestina Campucin, “¡Es tan fácil atar el corazón con flores! “

Y aquí están esas que ataron el nuestro y fotografiaron nuestros botánicos con el rigor y el mimo que les caracteriza, todas a gran altura, llegando hasta los 1.200 metros del inolvidable monte Arnaba, pero cubriendo su diferentes hábitats:


- Medicago suffruticosa
- Iberis sp.
- Androsace villosa
- Arum cylindraceum
- Cerastium arvense
- Pedicularis comosa ssp. schizocalyx
- Scrophularia crithmifolia ssp. burundana

Veréis si lo consultáis, que ya están incorporadas al Herbario digital.



Carolina Larrosa

2016/05/07

VISITA AL ARBOLADO DEL PARQUE DE ARRIAGA

Sábado, 7 de mayo de 2016

La mañana empezó con un poco de lluvia que no desanimó a las seis personas que nos reunimos con Gonzalo Lope Gorrotxategi, a las 10 en la ermita de Arriaga.
La propuesta era recorrer el parque visitando algunas de las muchas especies de árboles y arbustos que allí se encuentran, pero con una mirada un poco diferente que se centraba en carácter urbano del arbolado y cómo usamos y gestionamos esos árboles.

En primer lugar se habló del Parque de Arriaga, un parque de gran extensión que se creó hace casi 40 años y que en estos momentos es un lugar muy interesante tanto por la diversidad  como por el diseño del propio parque.
La primera parada de  nuestro recorrido fue en el laurel que hay al lado de la ermita, un ejemplar que se ha adaptado muy bien al medio a pesar su carácter más mediterráneo.
Y siguieron:
Hayas, una solitaria que con un magnifico porte y las variedades purpurea y péndula.
Haya péndula
Chopos
Chopos negros de unas dimensiones que empiezan a ser problemática y en los que aprendimos a diferenciar las ramas que pueden romperse en el futuro y que exigen una labor de mantenimiento más frecuente.
Composiciones con dos variedades de tejos y juníperos.
Arboles antiguos como el ginkgo y el magnolio.
Tilos que han perdido la rama guía y crecen de forma “desestructurada”, aunque crean una atmósfera especial con un efecto de túnel verde.
Sequoias que invitaban a tocar su corteza dando una sensación mullida y que por otra parte nos indicaban la falta de aire en el suelo asomando sus raíces por debajo del asfalto. Aprendimos  que aunque normalmente se piensa en la falta de agua, la compactación del suelo y la consiguiente falta de aire es uno de los principales problemas de los árboles urbanos.
Pinos piñoneros formando un bosquete donde se veía como la cantidad de luz se relaciona con el tamaño de los árboles.
Árbol de Júpiter
Otra corteza para experimentar con su tacto “sedoso” la del Lagerstroemia índica (Árbol de Júpiter)
Piceas, abetos y cedros, sus diferencias en la forma de agruparse las hojas o insertarse en la rama. Las piñas colgantes de las piceas, erectas y en la parte alta en los abetos y más anchas en los cedros. Vimos varios ejemplares de pinsapo (Abies pinsapo) especie que se encuentra muy cómoda en el clima de Vitoria lo cual se ponía de manifiesto en su magnífico aspecto.
Un seto de Cupressus arizónica que rodea el aparcamiento y que tiene fama por su estructura y dimensiones.
Y, como no, los castaños de Indias y los sufridos y eficaces plátanos, básicos en la masa verde  de la ciudad en todos los tiempos. Desde aquí una reivindicación para ellos: Evitar las brutales e inconvenientes podas que sufren por criterios  exclusivamente “prácticos”.
La mañana que comenzó con lluvia estaba ahora soleada y el cierre del recorrido fue una hermosísima encina que se encuentra en una esquina del parque, soportando impávida y fresca la fuerte contaminación de la vía rápida de tráfico. Y es que también aprendimos que los árboles son individuos,  en ocasiones tozudamente fuertes ante un entorno hostil.
Esta es una pequeña muestra de las especies que vimos y las cosas que aprendimos.
Sequoia

Gracias Gonzalo por introducirnos en esta nueva dimensión del arbolado.

Texto y Fotografías: Teresa Ruipérez





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El Instituto Alavés de la Naturaleza-Arabako Natur Institutua (IAN-ANI) es una asociación cultural y científica, de carácter no lucrativo; se constituyó legalmente en 1988 (registro de asociaciones A/1287/88), aunque tuvo su precedente directo desde 1973 en la Agrupación para el Estudio y Protección de la Naturaleza en Álava (AEPNA). Ha sido declarada, además, de utilidad pública en marzo de 1997.

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