2014/11/10

CON LAS BOTAS PUESTAS

Acabo de volver de la ceremonia de incineración de los restos de Mario Laurino. Es difícil de creer; nos sucede cada vez que alguien cercano se va. Mario era cercano, quizá no en su vida y actividades privadas, pero para todos los miembros del IAN su figura y su colección osteológica formaban parte del paisaje. Era extraño acudir a la sede y no encontrarle enfrascado en su tarea de minucioso clasificador.
Seguramente la didáctica no era su fuerte, así que a pesar de que muchos encontrábamos fascinantes sus hallazgos, lo cierto es que Mario era una especie de “lobo solitario” de la Ciencia. A pesar de ello, creo que Mario sí deseaba comunicar y transmitir, de lo que dan fé las deslumbrantes exposiciones que organizó y, por qué no decirlo, sus prolijas charlas cuando tenía oportunidad de disponer de escuchantes. 

Literalmente, Mario arrancó a las entrañas de la tierra capítulos completos de su 
historia. Por desgracia no llegó a escribirla ni publicarla, pero las hojas del libro y los 
párrafos del texto están allí, en las estanterías del IAN, en forma de cráneos y vértebras llegados del lejano Cuaternario. Es posible que el pasado nos interese por lo que tiene de explicativo del presente y de predictor del futuro. Pero ahora también quiero pensar que el trabajo de investigadores como Mario tiene motivaciones mucho más profundas. Porque pueden insuflar nueva vida a criaturas que estuvieron vivas hace miles de años. Si no morimos del todo mientras alguien nos recuerde, entonces Mario tenía un poder auténticamente telúrico, y revivió con su trabajo a uros y osos cavernarios, leones y hienas, linces y rinocerontes lanudos. 

El destino encontró a Mario haciendo lo que deseaba hacer, catalagando simas y 
reconstruyendo el viejo puzle de la vida. Ninguno sabemos el día ni la hora, pero creo que Mario tuvo un privilegio al alcance de pocos. Como el de Custer en Little Big Horn. 

Morir con las botas puestas.

Texto: José María Fernández García

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