2011/08/11
BARRANCO DE ISTORA
En un mundo en el que parece todo descubierto y que a cualquier lugar es fácil acceder, es un verdadero placer adentrarse en el cauce de un río, sin agua, dejándose llevar, esta vez no por la corriente sino por una amable persona, Gorka Belamendia.
Cargados con una escalera y unos vadeadores iniciamos el camino augurando que vamos a correr una pequeña aventura. Pero un invierno seco en la zona mas seca de Álava ha dejado sólo dos o tres charcos al sapo partero para que ponga su puesta, o a la lavandera cascadeña para lucir su amarillo en las piedras secas.
Caminamos sin perder de vista el suelo, agachándonos por debajo de ramas de durillos (Viburnum tinus), arrayanes (Myrtus communis) y cornejos (Cornus sanguinea L.). Poco a poco, el cauce va haciéndose mas angosto hasta llegar a una gran poza seca que sorteamos con ayuda de la escalera y de una mano, que siempre hay cerca cuando se va con amigos.
Para entonces, el canto del chochín o la curruca capirotada delatan que saben más del lugar que nosotros: vieron al águila real que ya no está y se han cruzado más de una vez con los aviones roqueros.
Tienen buen escondite en las longevas encinas, cuyos troncos se elevan al cielo como patas de grandes animales o como columnas salomónicas. Desde alguna de ellas, en un meandro del río, los arrendajos y el pito real nos han tirado unas plumas, querían que nos fuéramos cuanto antes por si pudiéramos vulnerar su santuario. También la bella rosalía alpina vigilaba nuestro paso.
Ha sido una ventaja haber caminado sin agua por el río -no habrá pensado lo mismo el sapo que hemos encontrado seco en el camino-, aunque ya nos hubiéramos dado un baño al final. A falta de una buena poza, la fuente y el lavadero de Orbiso nos han refrescado.
He pensado en el río como metáfora de la vida y, aunque el camino sea a veces pedregoso, con ganas, un buen almuerzo y buena compañía, no hay camino que se resista. Gracias a Brian por provocar todo esto.
Texto: Arantxa Marcos
Fotos: Brian Webster
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