2011/02/09

LOS BOSQUES DE NICARAGUA

En el marco de un programa de la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional), hemos tenido la oportunidad los tres últimos años de visitar Nicaragua. Aunque la agenda de trabajo es muy intensa, hemos podido aprovechar los fines de semana para hacer alguna escapadita naturalista por algunos de los ecosistemas nicaragüenses.

 Obligados por la planificación de las actividades, siempre nos toca ir en el mes de Noviembre. En esa fecha lo primero que experimentamos al llegar a Managua, es un calor terrible y un sol intensísimo. Con el paso del tiempo nos aclimatamos, ¡y qué remedio!, porque en esa época estamos entrando en la época seca y no volverán a verse nubes en el cielo en unos cuantos meses. Curiosamente ese periodo es lo que allá denominan “verano”, y digo curiosamente porque estando en el hemisferio norte, el verano corresponde con la época en que el sol está más bajo; en tanto que su “invierno”, la época de lluvias, se corresponde con lo que astronómicamente es el verano. Aunque se hable de verano e invierno, ambos términos aluden a la marcadísima estacionalidad de la precipitación, porque en términos de temperatura la variación es muy pequeña (unos tres grados de diferencia entre el mes más cálido y el más frío).

Nuestra ciudad en Nicaragua es León, una bulliciosa y amable ciudad situada a 20 kilómetros del Pacífico. Desde este punto de referencia, nuestras escapadas se han centrado siempre en la mitad oeste del país, la que tiene las mejores infraestructuras, pero también la que soporta una mayor densidad de población. Pese a ello, quedan todavía interesantes reductos de bosque natural, protegidos muchos de ellos por la administración o ubicados en reservas privadas. Básicamente hay cuatro tipos de bosque en el sector Pacífico: el manglar, el bosque seco, el pinar y las nebliselvas. De estos ecosistemas, el primero y último, localizados respectivamente a orillas del mar o en las partes altas de las sierras por encima de los 800 m, son a los que hemos dedicado más tiempo.


El manglar es el contacto entre el continente y el océano. Las plantas terrestres invaden el lecho marino, desarrollando un amplio repertorio de estrategias que les permiten superar los tres principales retos que les plantea la vida marina: la salinidad, la falta de oxígeno y la inestabilidad de los sustratos. Así, con un poco de atención, encontramos árboles que evitan caerse apoyándose con falsas patas sobre el fango, en tanto que otros sacan tubitos a la superficie con los que respiran las raíces. Incluso encontramos árboles cuyas hojas “potabilizan el agua marina” y se vuelven blancas a mediodía al recubrirse de la sal que extraen. En el Pacífico nicaragüense, son varias las especies arbóreas que constituyen este ecosistema. Aunque se las denomina colectivamente “mangle”, son cuatro los géneros que podemos encontrar: Avicenia, Conocarpus, Laguncularia y Rizophora. Asociado a este ecosistema hay una rica fauna, entre la que las tortugas marinas o los cocodrilos son los más populares, pero también hay varias especies de aves exclusivas de este hábitat. La sobreexplotación forestal y los cultivos marinos son sus principales amenazas.

Las nebliselvas son el reducto del frescor en estas cálidas tierras de Centroamérica. Aunque el clima es estacional, las frecuentes nieblas garantizan un aporte de humedad que permite el desarrollo espectacular de la vegetación, especialmente de los epifitos, que tapizan por completo los enormes troncos de los Ficus. Llama la atención del naturalista el espectacular despliegue de formas vitales que desvía constantemente la mirada en todas direcciones. El rey de este ambiente es sin duda el quetzal que se alimenta de los frutos de varias especies de lauráceas (Ocotea), aquí llamados aguacatillos. Sus estrictos requerimientos ecológicos, y la gran degradación de este ecosistema, transformado masivamente en cafetal, hacen que sea una especie muy escasa en Nicaragua. Pese a ello, hay muchas fincas en las que se llevan a cabo prácticas de cultivo de café respetuoso con la conservación de los bosques y la fauna, y que de hecho obtienen un recurso adicional muy importante al ser focos de destino ecoturístico a los que acuden naturalistas de todo el mundo a observar la fauna.

Texto y fotos: José Ignacio García

Nosotros

El Instituto Alavés de la Naturaleza-Arabako Natur Institutua (IAN-ANI) es una asociación cultural y científica, de carácter no lucrativo; se constituyó legalmente en 1988 (registro de asociaciones A/1287/88), aunque tuvo su precedente directo desde 1973 en la Agrupación para el Estudio y Protección de la Naturaleza en Álava (AEPNA). Ha sido declarada, además, de utilidad pública en marzo de 1997.

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